Hay números que cargan un significado especial. El 18 abre la puerta a la mayoría de edad. El 30 marca el fin de la juventud despreocupada. El 50 invita a hacer balances. Y después está el 69, probablemente el único número que provoca una sonrisa antes de que alguien pregunte de qué estamos hablando.
Porque, seamos sinceros, para varias generaciones el 69 dejó de ser hace mucho tiempo una simple edad. La cultura popular se encargó de darle una segunda vida, bastante más pícara, y cada vez que aparece el número en una torta de cumpleaños, en una camiseta o en una patente, siempre hay alguien que contiene la risa… o directamente no la contiene.
Llegar a los 69 años tiene entonces un desafío adicional. Además de soportar las bromas sobre la jubilación, los achaques o los descuentos para jubilados, hay que bancarse al amigo que, con una sonrisa cómplice, levanta la copa y dice: “¡Qué linda edad te tocó!”.
Lo curioso es que quienes cumplen 69 suelen reaccionar de dos maneras. Están los que se hacen los distraídos y cambian rápidamente de tema. Y están los que aceptan el juego con naturalidad y responden: “Por lo menos todavía doy para hacer chistes”.
La realidad es que el humor siempre fue una buena forma de llevar el paso del tiempo. Reírse de uno mismo es un signo de inteligencia y también de salud. Después de todo, si un simple número puede arrancar una carcajada, bienvenido sea.
Los verdaderos peligros de los 69 no tienen nada que ver con la fama que le dio el imaginario popular. El riesgo aparece cuando uno deja de sorprenderse, pierde la curiosidad o cree que ya no tiene nada por aprender. Es mucho más grave perder el entusiasmo que cumplir un año más.
Además, convengamos que la edad tiene una ventaja sobre el famoso número que la hizo célebre. Mientras aquella posición requiere bastante coordinación y flexibilidad, los 69 años sólo exigen una condición indispensable: haber vivido lo suficiente como para acumular historias, amigos, experiencias y alguna que otra anécdota que todavía haga reír.
Por eso, cuando alguien llegue a los 69, no haga como si el doble sentido no existiera. Sonría. Seguramente los invitados ya están pensando el chiste antes de que usted sople las velitas. Lo importante será responder con elegancia y sentido del humor.
Porque al final, los 69 pasan. Lo que debería permanecer es la capacidad de reírse de uno mismo. Y esa, afortunadamente, no tiene fecha de vencimiento.
Epílogo y paradoja del 69
Pero toda esta teoría sobre los 69 quedó en un segundo plano cuando un amigo, recientemente incorporado al exclusivo club de esa edad, hizo una confesión durante una sobremesa.
—¿Saben cuál fue el verdadero peligro de cumplir 69? —preguntó mientras levantaba la copa.
Todos esperaban alguna reflexión profunda sobre la jubilación, la presión arterial o el colesterol.
—Que por primera vez en mi vida… el famoso 69 quedó solamente en el número.
Las carcajadas fueron inevitables.
Con una mezcla de resignación y buen humor, explicó que, por primera vez, la naturaleza le había jugado una mala pasada y no había logrado tener una erección. “Nunca pensé que el primer 69 que me iba a fallar iba a ser justamente a los 69 años”, remató, despertando una segunda ronda de risas.
Lejos de convertir el momento en un drama, terminó dando una lección que varios agradecieron. El paso del tiempo trae cambios, algunos esperados y otros no tanto. Reírse de ellos, hablarlos con naturalidad y entender que la masculinidad no depende de un episodio aislado es, probablemente, una señal de madurez mucho más importante que cualquier cumpleaños.
Después de todo, llegar a los 69 puede traer alguna sorpresa inesperada. Lo importante es conservar el humor. Porque, como quedó demostrado aquella noche, a veces el único que se niega a festejar el cumpleaños es el protagonista menos pensado.
Peligros de los 69.